Salma Semmar, actumaroc, 10-1-2026
En las gradas de la
CAN 2025, una escena sorprendió tanto como emocionó: marroquíes aplaudiendo a
Argelia, mostrando a veces mensajes de apoyo, en el mismo momento en que la
expresión “hermanos enemigos” sigue marcando a los dos pueblos. Esta paradoja
no lo es en realidad. Sobre todo dice una cosa: el fútbol puede reabrir puertas
que la política cerró.
Primero, existe una
base humana y cultural que ni las crisis ni los discursos han logrado borrar.
Marroquíes y argelinos comparten una proximidad de lengua, referentes, cocina,
música, gestos cotidianos. En una competición continental organizada en Marruecos,
muchos aficionados recuperaron espontáneamente ese sentimiento simple: el de
una vecindad natural, de una fraternidad social, a veces familiar, que
trasciende fronteras.
Después, apoyar a
Argelia, para parte del público marroquí, también responde a un fair-play
africano y magrebí. La CAN no es solo ganar: es acoger, mostrar una cara del
país, dar una imagen de la región. Animar al rival “histórico” se convierte
entonces en una manera de decir: en un estadio, podemos respetarnos. Una forma
de demostrar que la hostilidad no es inevitable.
Hay también una
dimensión de madurez deportiva. A este nivel, los hinchas saben distinguir
rivalidad de rechazo. Competir, sí. Odiar, no. A muchos marroquíes les gusta el
juego, reconocen una buena jugada, un jugador talentoso, un esfuerzo colectivo.
Esta cultura futbolística, alimentada por las grandes competiciones, impulsa a
aplaudir lo que lo merece, incluso cuando la camiseta es “de enfrente”.
Por último, este apoyo puede leerse como un mensaje implícito: los pueblos no quieren cargar eternamente con un conflicto que no es el suyo. Los estadios se convierten entonces en un espacio raro donde se expresa una aspiración a la normalidad, al contacto, al calor humano. Y el lema “Kulna jaua” [Todos hermanos] no es ingenuidad: es un deseo.
Eliminados esta noche por Nigeria, los argelinos abandonarán la CAN 2025 con la decepción deportiva inherente a toda eliminación, pero también con el recuerdo de una acogida que habrá marcado mucho más allá del resultado. Porque en Marruecos, no solo se enfrentaron a adversarios: fueron recibidos como invitados. En las gradas como en las calles, la hospitalidad marroquí habrá dejado su huella, recordando que “hermanos enemigos” no es una identidad, sino una construcción. Más aún cuando el destino del cuadro alimentaba un sueño compartido: en caso de victoria ante Nigeria, Argelia se habría reencontrado con Marruecos en semifinales, un partido esperado, deseado por ambos bandos y por todo un público. La cita no tendrá lugar, y es quizás el único verdadero pesar de esta noche. Pero quedará lo esencial: la prueba de que, a veces, un estadio, un canto común o un gesto de respeto basta para agrietar duraderamente los muros que la política levanta.





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