2-M | 5º aniversario de la movilización en Madrid por los presos políticos saharauis: cinco años sin respuestas

El próximo lunes 2 de marzo se cumplen cinco años de concentraciones semanales ante el Ministerio de Asuntos Exteriores, en la Plaza de la Provincia (Madrid), para denunciar la situación de los presos políticos saharauis encarcelados en Marruecos y exigir al Gobierno español que asuma su responsabilidad política y jurídica ante esta vulneración continuada de derechos fundamentales.

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dimanche 25 janvier 2026

‘Sirat’: cuando el cine blanquea la ocupación marroquí del Sáhara Occidental

La película perpetúa la narrativa oficial del régimen marroquí, ignorando el conflicto armado, el muro de separación marroquí y el exilio de miles de saharauis en campamentos de refugiados.

Ana Redondo, Nueva Revolución, 24/01/2026

La película Sirat, dirigida por el cineasta francoespañol Óliver Laxe, ha generado un notable revuelo en el panorama cinematográfico internacional desde su estreno en el Festival de Cannes en mayo de 2025, donde obtuvo el Premio del Jurado. Esta coproducción hispanofrancesa, protagonizada por Sergi López y el joven Bruno Núñez, narra la desesperada búsqueda de un padre y su hijo pequeño por una hija desaparecida en el entorno de fiestas rave en el desierto. La trama se desarrolla en un paisaje árido y hostil, donde los personajes se enfrentan no solo a la pérdida personal, sino también a los peligros del entorno, incluyendo minas antipersonales y un viaje extenuante hacia Mauritania.


Sin embargo, más allá de su impacto visual y emocional,
Sirat ha sido objeto de duras críticas por su tratamiento del escenario geográfico. La película sitúa la acción en el «sur de Marruecos, cerca de Mauritania», una descripción que, de facto, asume el marco territorial impuesto por el ocupante marroquí y borra la existencia del Sáhara Occidental y del pueblo saharaui. Marruecos no comparte frontera directa con Mauritania sin pasar por el Sáhara Occidental, un territorio ocupado ilegalmente por Marruecos desde 1975 tras la retirada española, y que sigue siendo el último enclave africano pendiente de descolonización. Al presentar esta zona como parte integral del «sur de Marruecos», la cinta perpetúa la narrativa oficial del régimen marroquí, ignorando el conflicto armado, el muro de separación marroquí –conocido como el mayor campo minado del mundo– y el exilio de miles de saharauis en campamentos de refugiados.

El director Óliver Laxe, quien ha rodado previamente en Marruecos y defiende que la película se inspira en «el dolor del mundo» y en problemáticas globales como la migración, ha reconocido en entrevistas que la historia se ambienta en la frontera entre Marruecos y Mauritania, en el contexto del conflicto por la independencia del Sáhara Occidental. No obstante, algunos críticos han calificado esta aproximación como una «mentira muy cómoda», argumentando que elementos específicos del filme, como el tren de hierro que conecta Zuerat con Nuadibú en Mauritania, solo son accesibles atravesando los Territorios Liberados del Sáhara Occidental. La omisión del nombre «Sáhara» y la ausencia de cualquier referencia al pueblo saharaui convierten la película en un ejercicio de blanqueo de la ocupación, priorizando el espectáculo visual sobre la realidad política.

Esta elección narrativa puede ser interpretada como un borrado deliberado, donde el show cinematográfico se superpone al conflicto real, contribuyendo a la invisibilización de la lucha saharaui por la autodeterminación. En contraste, promociones oficiales en medios marroquíes celebran el rodaje en el «desierto de Marruecos», reforzando la percepción de que el Sáhara Occidental es una extensión natural del territorio marroquí. Esta discrepancia resalta cómo Sirat, a pesar de su ambición universal, se enreda en las complejidades geopolíticas locales, asumiendo una posición que, para muchos, equivale a una complicidad silenciosa con el statu quo ocupante.

A pesar de la polémica, la Academia de Cine española seleccionó Sirat como representante nacional para los Oscar 2026 en la categoría de Mejor Película Internacional, lo que ha intensificado el debate sobre el papel del cine en la representación de conflictos olvidados. La película no solo invita a reflexionar sobre temas como la familia, la pérdida y la espiritualidad en entornos extremos, sino que también obliga a cuestionar cómo las narrativas artísticas pueden, intencionalmente o no, perpetuar injusticias históricas. En un mundo donde el Sáhara Occidental sigue esperando su referéndum de autodeterminación prometido por la ONU, obras como esta recuerdan la importancia de no borrar fronteras ni pueblos enteros en nombre del arte.

vendredi 23 janvier 2026

De la guerra de las Galias a la conquista de las Américas y al genocidio en Gaza: la contrainsurgencia para sofocar a los pueblos indóciles


Ayman El Hakim, 23-1-2026

Desde los imperios antiguos hasta las potencias contemporáneas, la misma lógica atraviesa los siglos: gobernar mediante la violencia a poblaciones que rechazan la dominación. Gaza no es una excepción, sino la culminación de una larga historia imperial.

A menudo se presenta la contrainsurgencia como una doctrina militar nacida en el siglo XX, forjada en las guerras coloniales y perfeccionada posteriormente en la era de los drones y los algoritmos. Es una ilusión reconfortante. En realidad, la contrainsurgencia es uno de los modos más antiguos de gobierno imperial, ensayado mucho antes de la modernidad, sistematizado en el siglo XIX, industrializado en el siglo XX y hoy normalizado bajo el lenguaje de la seguridad y la acción humanitaria.

Lo que cambia no son los objetivos fundamentales, sino los lenguajes, los instrumentos y los umbrales de aceptabilidad.

La matriz originaria: conquistar, dispersar, borrar

Las guerras de conquista de las Américas constituyen uno de los primeros laboratorios modernos de la contrainsurgencia. Frente a sociedades indígenas organizadas, arraigadas y resistentes, las potencias coloniales españolas, portuguesas y luego anglousamericana desarrollaron una gramática de dominación que sigue resultando tristemente familiar: destrucción de aldeas y economías de subsistencia, desplazamientos forzados y marchas de la muerte, confinamiento en reservas, fragmentación de las comunidades y deshumanización racial y religiosa.

Las guerras indias en USA prolongaron esta lógica a lo largo del siglo XIX. No se trataba únicamente de derrotar militarmente a las naciones indígenas, sino de quebrar su capacidad colectiva de existir como pueblos. La reserva no fue un espacio de protección, sino un instrumento de pacificación permanente, una tecnología de confinamiento.

Sin embargo, estas poblaciones nunca fueron pasivas. Resistieron mediante la guerrilla, la movilidad, las alianzas intertribales y la preservación clandestina de lenguas, rituales y memorias. La supervivencia cultural fue —y sigue siendo— una forma de resistencia política.

Antes de la modernidad: la contrainsurgencia sin máscara

Esta gramática imperial no nace con el colonialismo moderno. Ya está plenamente operativa en la Antigüedad. La guerra de las Galias, tal como la presenta Julio César, constituye una contrainsurgencia avant la lettre: masacres ejemplares, destrucción sistemática de ciudades y graneros, esclavización masiva de poblaciones y alianzas con élites locales para fragmentar las solidaridades. Roma comprendió que la insurrección no era solo militar, sino social y política.

La represión de las revueltas internas —desde las guerras serviles hasta la Judea insurgente— radicalizó esta lógica: castigo colectivo, terror escenificado, deportaciones, borrado territorial y simbólico. La destrucción de Jerusalén en el año 70 y el cambio de nombre de la provincia tras el 135 no buscaban únicamente derrotar a un enemigo, sino destruir a un pueblo como sujeto histórico. La Antigüedad muestra sin velos lo que los imperios posteriores tratarán de ocultar: la contrainsurgencia es, ante todo, una técnica de gobierno basada en el miedo a las comunidades indóciles.

El siglo XIX: el imperio se racionaliza

Los imperios europeos del siglo XIX —británico, francés, ruso— sistematizaron estas prácticas. La contrainsurgencia se convirtió en una ciencia administrativa. En Argelia, India, Irlanda y el África austral reaparecen las mismas recetas: cuadriculación del territorio, registro de poblaciones, castigos colectivos, desplazamientos forzados y destrucción de las economías locales.

La “pacificación” nunca fue pacífica. Su objetivo era producir una población gobernable, despojada de sus estructuras políticas autónomas. Frente a ello, las resistencias adoptaron múltiples formas: insurrecciones armadas, redes clandestinas, rechazo del impuesto y del trabajo forzoso, reapropiación simbólica de la tierra y transmisión oral de relatos prohibidos. El imperio podía ocupar el territorio, pero nunca gobernarlo sin fisuras.

Siglo XX: la contrainsurgencia como doctrina explícita

Con las guerras de descolonización y la Guerra Fría, la contrainsurgencia se convirtió en un corpus doctrinal. Malasia, Argelia, Vietnam: la población pasó a ser identificada explícitamente como el centro de gravedad del conflicto. Se reagruparon poblaciones, se desplazó, se vigiló, se torturó y se “desarrolló”. Los campos de reagrupamiento, los “nuevos pueblos”, las aldeas estratégicas y las zonas prohibidas no fueron anomalías: constituyeron el núcleo del dispositivo.

Políticamente, estas estrategias fracasaron. Las poblaciones desarrollaron contra-contrainsurgencias: infiltración de los dispositivos impuestos, reapropiación de las instituciones coloniales, politización del sufrimiento, internacionalización de las luchas y construcción de relatos de liberación. Argelia y Vietnam muestran que una guerra puede perderse militarmente y ganarse política e históricamente.

Siglo XXI: contener en lugar de conquistar

El siglo XXI marca una inflexión decisiva. Ya no se trata siempre de conquistar o integrar, sino de contener a poblaciones consideradas irrecuperables. La contrainsurgencia se vuelve urbana, permanente, tecnologizada y jurídicamente eufemizada.

Gaza encarna esta mutación en su forma más extrema: bloqueo, encierro total, destrucción cíclica, dependencia humanitaria y vigilancia constante. Todo converge hacia una gestión de la vida y de la muerte a gran escala. Lo que ocurre en Gaza no es una anomalía moral o histórica, sino la actualización más radical de lógicas imperiales antiguas: gobernar a un pueblo destruyendo las condiciones mismas de su existencia colectiva.

Sin embargo, la resistencia persiste, a menudo invisibilizada: mantenimiento de las solidaridades sociales, autoorganización de la ayuda, transmisión de la memoria en medio de la aniquilación, rechazo del borrado simbólico e inscripción del relato palestino en el espacio mundial. La resistencia no se reduce a las armas; es ontológica: seguir existiendo como pueblo.

En un registro más silencioso, el Sahara Occidental responde a la misma gramática contemporánea de la contrainsurgencia. Muro de arena, fragmentación territorial, colonización de poblamiento, marginación económica y criminalización de la resistencia civil: la dominación opera menos mediante la guerra abierta que a través del congelamiento, la normalización y el desgaste del tiempo. Como en Gaza, el derecho internacional se instrumentaliza no para resolver el conflicto, sino para suspenderlo indefinidamente. Uno es un laboratorio ruidoso; el otro, un laboratorio silencioso —pero la lógica es la misma.

Una constante histórica: el fracaso político de la contrainsurgencia

En la larga duración, una constatación se impone: la contrainsurgencia puede destruir, desplazar y matar, pero fracasa sistemáticamente en producir una legitimidad duradera. Radicaliza a las sociedades que pretende pacificar, genera memorias de violencia irreversibles y transforma la dominación en inestabilidad crónica.

La historia no enseña la omnipotencia de los imperios, sino su fragilidad estructural frente a pueblos que se niegan a desaparecer.

Conclusión

Desde la guerra de las Galias hasta los territorios cercados del siglo XXI, la contrainsurgencia aparece como lo que realmente es: no una respuesta a la violencia, sino un miedo a la política —el miedo a pueblos que reclaman el derecho a decidir por sí mismos. Cada vez que se impone, revela menos la fuerza del orden dominante que su incapacidad para tolerar la existencia de otro horizonte histórico. Y cada vez que fracasa, deja tras de sí lo que los imperios temen más: pueblos dominados militarmente, pero políticamente irreductibles.

jeudi 30 octobre 2025

El Sáhara Occidental, la última colonia de África, necesita su independencia, no una autonomía
La propuesta de Marruecos viola la Declaración Universal de Derechos Humanos

Ahmed Aminu-Ramatu Yusuf, Premium Times Nigeria , 25/10/2025

Traducido por CMBL para Solidarité Maroc

Ahmed Aminu-Ramatu Yusuf trabajó como subdirector del Gabinete de Asuntos Presidenciales de Nigeria y se jubiló como director general (Administración) de la Agencia Meteorológica de Nigeria (NiMet). [Correo electrónico: aaramatuyusuf[at]yahoo[dot]com]

La descolonización del Sáhara Occidental no es solo una cuestión de historia, de moralidad, de política y de diplomacia. Es, ante todo, una cuestión de justicia. Por lo tanto, los seres humanos, especialmente aquellos comprometidos con las políticas emancipadoras, con el desarrollo y la justicia, deben empatizar, solidarizarse y apoyar al pueblo saharaui de todas las maneras posibles y por todos los medios necesarios, contra la intransigencia de Marruecos.

La República Árabe Saharaui Democrática (RASD), más conocida como Sáhara Occidental, es la última colonia de África. Fue entregada técnicamente a Marruecos y Mauritania por su primera potencia colonizadora, España, en octubre de 1975, para ser recolonizada.

Este octubre, por lo tanto, se cumplen cincuenta años desde que Marruecos invadió y ocupó ilegalmente el Sáhara Occidental. Pero también se cumple el cincuenta aniversario de la incansable resistencia del pueblo saharaui contra la ocupación y de su lucha por independizarse de Marruecos.

Asimismo, octubre marca cincuenta años de desesperación, decepción política y fracasos diplomáticos de Marruecos en subordinar, contener y neutralizar la lucha del pueblo saharaui. Igualmente, marca el quincuagésimo año de la interminable construcción por parte de Marruecos de propuestas colonialistas que ofenden el sentido común, transgreden la lógica, violan las leyes internacionales y contravienen la ética humana civilizada.

Igualmente, este mes se cumple el cincuenta aniversario de la solicitud de la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU) de la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) sobre el estatus legal del Sáhara Occidental. La CIJ dictaminó que, si bien existían lazos entre el Sáhara Occidental y Marruecos en el período pre-colonial, esos lazos no convertían a uno en parte del otro. En consecuencia, el Sáhara Occidental es distinto e independiente de Marruecos. Como tal, el principio de la libre determinación se aplica plenamente al Sáhara Occidental.

Fue después de este dictamen histórico que Marruecos y Mauritania marcharon criminalmente con sus elementos lumpen para ocupar y dividirse el Sáhara Occidental. Aunque Mauritania se dio cuenta de su estupidez y se retiró en 1979, el anacrónico Marruecos, gobernado por una monarquía retrógrada, ¡persiste en la ocupación ilegal del Sáhara Occidental!

Marruecos, al no haber conseguido que el Frente Polisario, el único y auténtico representante del pueblo saharaui, fuera declarado "organización terrorista" por sus aliados occidentales y sionistas, está ofreciendo ahora una endulzada "Propuesta de Autonomía del Sáhara Occidental". Presentada por primera vez al Consejo de Seguridad de la ONU en abril de 2006, la propuesta renombró engañosamente al Sáhara Occidental ocupado como "Región Autónoma Saharaui". Propone que el poder se comparta entre Marruecos y el Sáhara Occidental.

La propuesta busca establecer órganos legislativos y ejecutivos para la región autónoma. El Parlamento sugerido estaría compuesto por miembros elegidos y designados que representasen a diversos grupos saharauis, mientras que el Ejecutivo sería designado por el monarca marroquí.

Además, Marruecos propone estar a cargo de la seguridad, defensa e integridad territorial del Sáhara Occidental ocupado; supervisar su poder judicial y la moneda; controlar sus derechos y libertad religiosa; y decidir sobre los símbolos nacionales de la región, incluida su bandera y su himno.

La región, por otro lado, supervisaría la policía y las jurisdicciones locales; y la planificación y el desarrollo económico, incluyendo la inversión, el comercio, la industria, la agricultura y el turismo. También gestionaría el desarrollo de infraestructura, incluido el transporte, las obras públicas, el agua y la electricidad. Además, se encargaría de asuntos de política social como la educación, el empleo, la salud, el bienestar social, la seguridad social y los deportes; asuntos culturales y ambientales; y la cooperación con gobiernos regionales extranjeros.

La "Región Autónoma Saharaui" sacada de la chistera por Marruecos es, cuanto menos, ofensiva para el sentido común; insulta a la lógica; niega la opinión consultiva de la CIJ; viola las declaraciones, resoluciones y leyes de la ONU; y contraviene gravemente todos los elaborados planes de paz de la ONU y la Unión Africana (UA).

La propuesta de Marruecos, para empezar, infringe la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, que establece que "Todos los seres humanos nacen libres e iguales". También viola el Artículo 20 (1) de la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos (CADHP), que afirma que: "Todos los pueblos tendrán derecho a la existencia. Tendrán el derecho innegable e inalienable a la libre determinación. Determinarán libremente su estatuto político y asegurarán su desarrollo económico y social según la política que hayan escogido libremente".

La propuesta también intenta eludir las resoluciones de la ONU y la UA, que buscan resolver de manera generosa y amistosa la ocupación del Sáhara Occidental por parte de Marruecos. El plan, elaborado conjuntamente por la ONU y la UA, firmado tanto por el POLISARIO como por Marruecos, y respaldado por el Consejo de Seguridad en 1990, estipula simplemente que el pueblo saharaui debe votar en un referéndum si desea o no ser independiente, o convertirse en parte integral de Marruecos. Si Marruecos fuera sincero, ¿por qué se negó a aceptar el acuerdo que firmó?

La propuesta de Marruecos también contraviene la opinión consultiva de la CIJ, que establece que entre el Sáhara Occidental y Marruecos no existen lazos legales que: "puedan afectar a la aplicación de la Resolución 1514(XV) en la descolonización del Sáhara Occidental y, en particular, del principio de libre determinación mediante la expresión libre y auténtica de la voluntad de los pueblos del Territorio".

¿Por qué Marruecos se niega a acatar este sencillo dictamen de la CIJ?

De manera similar, ¿por qué Marruecos, que presume de civilidad, liberalidad y modernismo, se ha negado a respetar cualquiera de las resoluciones de la UA sobre el Sáhara Occidental; y los fallos de la Corte Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos (CADHP)? En 2022, la CADHP, por ejemplo, dictaminó que la ocupación del Sáhara Occidental por parte de Marruecos viola el derecho del pueblo saharaui a la libre determinación y ordenó a los estados africanos que ayudasen a asegurar la independencia del Sáhara Occidental.

Igualmente, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) ha emitido siete fallos clave sobre los acuerdos comerciales entre la Unión Europea (UE) y Marruecos. Todos reconocen que el Sáhara Occidental es distinto e independiente de Marruecos; subrayan la importancia del principio de la libre determinación en el derecho internacional; y obligan a los países europeos a respetar el derecho inalienable del pueblo saharaui a la libre determinación. Sin embargo, ¡Marruecos y sus patrocinadores europeos se negaron a obedecer los fallos del TJUE!

Marruecos, como miembro de la ONU y de la UA, debe, por lo tanto, respetar y subordinarse totalmente a las cartas de la ONU y la UA. También debe adherirse a la opinión de la CIJ y a los fallos de la CADHP y el TJUE.

La propuesta de autonomía de Marruecos equivale además a pedir al Frente POLISARIO que abandone sus objetivos, misión y metas; imponga un hecho consumado de ocupación y colonización; y obligue al pueblo saharaui, a quien el derecho internacional le otorga el derecho a la libre determinación, a aceptar una autonomía que es francamente injusta, no democrática, anti-democrática y deshumanizadora.

Si el Frente POLISARIO aceptara la propuesta de Marruecos –y Dios no lo permita– estaría abandonando las gloriosas tradiciones de resistencia y la rica cultura de lucha del pueblo saharaui. Sería equivalente a arrojar a las hienas las históricas ganancias militares, políticas, legales, diplomáticas y morales del pueblo saharaui. Sería sinónimo de cometer un suicidio nacional.

Por lo tanto, el Frente POLISARIO debe continuar su lucha, con más vigor y rigor, por la independencia del Sáhara Occidental, en el espíritu y la letra del Artículo 20 (2) de la CADHP, que establece que: "Los pueblos colonizados u oprimidos tendrán derecho a liberarse de los lazos de la dominación recurriendo a todos los medios reconocidos por la comunidad internacional."

El hecho de que la propuesta de Marruecos esté respaldada por América del Norte, los países de la UE –especialmente Francia y España, Reino Unido (RU)–, Israel sionista y del Apartheid y, por supuesto, algunas de sus neocolonias dentro y fuera de África, no le otorga ninguna credibilidad ni la hace legítima.

La descolonización del Sáhara Occidental no es solo una cuestión de historia, moralidad, política y diplomacia. Es, ante todo, una cuestión de justicia. Por lo tanto, los seres humanos, especialmente aquellos comprometidos con la política emancipadora, el desarrollo y la justicia, deben empatizar, solidarizarse y apoyar al pueblo saharaui de todas las maneras posibles y por todos los medios necesarios, contra la intransigencia de Marruecos.

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Autonomía es anexión

Carta al al presidente Donald Trump

Cristina Martínez Benítez de Lugo *

Sr. Trump,

Según la prensa, dice Vd. que la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental es la única base para una solución justa y duradera de la disputa.

Y dice también la prensa que Vd. va a proponer al Consejo de Seguridad que se determine una autonomía del Sáhara Occidental dentro de Marruecos.

Sus asesores saben que esto no es posible. Quizá no le hayan explicado bien que el Sáhara Occidental es un territorio no autónomo pendiente de descolonización y que es la propia población de ese territorio la que tiene que decidir su futuro. No terceros estados.

Para que se produjese esa autonomía que viene proponiendo Marruecos y que Vd. bendice, haría falta anexionar previamente el territorio. Y eso es lo que no se puede hacer. Los saharauis tienen el derecho de autodeterminación.

No se trata de una disputa. Se trata de acatar o no el Derecho Internacional. Una anexión no es una solución justa. 

Gracias.

*Participante en el Movimiento por los Presos Políticos Saharauis (MPPS)