SOLIDMAR, 8-1-2026
La comunicación
gubernamental en torno a la “aceleración” de la reforma del sistema sanitario
marroquí se apoya ante todo en una acumulación de anuncios, cifras y
calendarios, que apenas logran ocultar la profundidad de la crisis del servicio
público de salud. La reunión presidida por Aziz Akhannouch, bajo la ya
ineludible etiqueta de la “supervisión real”, ilustra una gobernanza cerrada,
en la que la escenificación de la acción sustituye con demasiada frecuencia al
debate democrático y a la evaluación independiente.
La creación de los Grupos Territoriales de Salud (GTS), presentada como un avance estructurante, se inscribe en una lógica tecnocrática ya conocida: la proliferación de entidades administrativas sin garantías reales de transferencia de poder, de recursos financieros ni de capacidad de decisión. En ausencia de una autonomía efectiva y de recursos humanos suficientes, la “territorialización” de las políticas de salud corre el riesgo de quedar reducida a un eslogan, incapaz de corregir las flagrantes desigualdades entre regiones.
La digitalización de los
sistemas hospitalarios, exhibida como una herramienta de buena gobernanza,
responde más a un fetichismo tecnológico que a una reforma estructural. En un
sistema marcado por la escasez de personal, el éxodo de médicos hacia el sector
privado o al extranjero y la sobrecarga crónica de los hospitales públicos, la
informatización no puede sustituir a una verdadera política de salud. Por el
contrario, corre el riesgo de reforzar los disfuncionamientos existentes,
añadiendo una capa de control administrativo sin mejorar de manera concreta la
atención a los pacientes.
La prioridad concedida a
las infraestructuras —nuevos hospitales universitarios, miles de camas
adicionales, renovación acelerada de centros de salud— confirma la primacía del
cemento sobre el cuidado. Esta lógica cuantitativa, políticamente rentable y mediáticamente
visible, elude las preguntas centrales: ¿quién hará funcionar estos
establecimientos, en qué condiciones y para qué públicos? Sin médicos, sin
enfermeros, sin una política de formación y de retención de competencias, el
hospital nuevo se convierte en un símbolo vacío.
El esfuerzo presupuestario
anunciado, aunque real, no puede desligarse de la cuestión de las prioridades.
La invocación de la reducción de las desigualdades territoriales choca con la
ausencia de mecanismos coercitivos para reequilibrar la oferta de cuidados.
Mientras la salud siga siendo concebida como un sector que debe modernizarse
mediante la gestión y la inversión, y no como un derecho social que debe
garantizarse, la brecha sanitaria continuará ampliándose.
En definitiva, la reforma
sanitaria tal como se presenta hoy aparece menos como una transformación del
sistema de cuidados que como una operación de legitimación política. Frente a
una sociedad marcada por la desconfianza y la precarización, la credibilidad de
esta reforma no se medirá ni por el número de proyectos anunciados ni por los
miles de millones presupuestados, sino por su capacidad —todavía en gran medida
hipotética— de situar al paciente, y no a la institución, en el centro de la
política pública de salud.





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