Ayman El Hakim, 23-1-2026
Desde los imperios antiguos hasta las potencias
contemporáneas, la misma lógica atraviesa los siglos: gobernar mediante la
violencia a poblaciones que rechazan la dominación. Gaza no es una excepción, sino la culminación de una larga historia imperial.
A menudo se presenta la contrainsurgencia como una
doctrina militar nacida en el siglo XX, forjada en las guerras coloniales y
perfeccionada posteriormente en la era de los drones y los algoritmos. Es una
ilusión reconfortante. En realidad, la contrainsurgencia es uno de los modos
más antiguos de gobierno imperial, ensayado mucho antes de la modernidad,
sistematizado en el siglo XIX, industrializado en el siglo XX y hoy normalizado
bajo el lenguaje de la seguridad y la acción humanitaria.
Lo que cambia no son los objetivos fundamentales, sino los lenguajes, los instrumentos y los umbrales de aceptabilidad.
La matriz originaria: conquistar, dispersar, borrar
Las guerras de conquista de las Américas constituyen
uno de los primeros laboratorios modernos de la contrainsurgencia. Frente a
sociedades indígenas organizadas, arraigadas y resistentes, las potencias
coloniales españolas, portuguesas y luego anglousamericana desarrollaron una
gramática de dominación que sigue resultando tristemente familiar: destrucción
de aldeas y economías de subsistencia, desplazamientos forzados y marchas de la
muerte, confinamiento en reservas, fragmentación de las comunidades y deshumanización
racial y religiosa.
Las guerras indias en USA prolongaron esta lógica a lo
largo del siglo XIX. No se trataba únicamente de derrotar militarmente a las
naciones indígenas, sino de quebrar su capacidad colectiva de existir como
pueblos. La reserva no fue un espacio de protección, sino un instrumento de
pacificación permanente, una tecnología de confinamiento.
Sin embargo, estas poblaciones nunca fueron pasivas. Resistieron mediante la guerrilla, la movilidad, las alianzas intertribales y la preservación clandestina de lenguas, rituales y memorias. La supervivencia cultural fue —y sigue siendo— una forma de resistencia política.
Antes de la modernidad: la contrainsurgencia sin
máscara
Esta gramática imperial no nace con el colonialismo
moderno. Ya está plenamente operativa en la Antigüedad. La guerra de las
Galias, tal como la presenta Julio César, constituye una contrainsurgencia avant
la lettre: masacres ejemplares, destrucción sistemática de ciudades y
graneros, esclavización masiva de poblaciones y alianzas con élites locales
para fragmentar las solidaridades. Roma comprendió que la insurrección no era
solo militar, sino social y política.
La represión de las revueltas internas —desde las guerras serviles hasta la Judea insurgente— radicalizó esta lógica: castigo colectivo, terror escenificado, deportaciones, borrado territorial y simbólico. La destrucción de Jerusalén en el año 70 y el cambio de nombre de la provincia tras el 135 no buscaban únicamente derrotar a un enemigo, sino destruir a un pueblo como sujeto histórico. La Antigüedad muestra sin velos lo que los imperios posteriores tratarán de ocultar: la contrainsurgencia es, ante todo, una técnica de gobierno basada en el miedo a las comunidades indóciles.
El siglo XIX: el imperio se racionaliza
Los imperios europeos del siglo XIX —británico,
francés, ruso— sistematizaron estas prácticas. La contrainsurgencia se
convirtió en una ciencia administrativa. En Argelia, India, Irlanda y el África
austral reaparecen las mismas recetas: cuadriculación del territorio, registro
de poblaciones, castigos colectivos, desplazamientos forzados y destrucción de
las economías locales.
La “pacificación” nunca fue pacífica. Su objetivo era producir una población gobernable, despojada de sus estructuras políticas autónomas. Frente a ello, las resistencias adoptaron múltiples formas: insurrecciones armadas, redes clandestinas, rechazo del impuesto y del trabajo forzoso, reapropiación simbólica de la tierra y transmisión oral de relatos prohibidos. El imperio podía ocupar el territorio, pero nunca gobernarlo sin fisuras.
Siglo XX: la contrainsurgencia como doctrina explícita
Con las guerras de descolonización y la Guerra Fría,
la contrainsurgencia se convirtió en un corpus doctrinal. Malasia, Argelia,
Vietnam: la población pasó a ser identificada explícitamente como el centro de
gravedad del conflicto. Se reagruparon poblaciones, se desplazó, se vigiló, se
torturó y se “desarrolló”. Los campos de reagrupamiento, los “nuevos pueblos”,
las aldeas estratégicas y las zonas prohibidas no fueron anomalías:
constituyeron el núcleo del dispositivo.
Políticamente, estas estrategias fracasaron. Las poblaciones desarrollaron contra-contrainsurgencias: infiltración de los dispositivos impuestos, reapropiación de las instituciones coloniales, politización del sufrimiento, internacionalización de las luchas y construcción de relatos de liberación. Argelia y Vietnam muestran que una guerra puede perderse militarmente y ganarse política e históricamente.
Siglo XXI: contener en lugar de conquistar
El siglo XXI marca una inflexión decisiva. Ya no se
trata siempre de conquistar o integrar, sino de contener a poblaciones
consideradas irrecuperables. La contrainsurgencia se vuelve urbana, permanente,
tecnologizada y jurídicamente eufemizada.
Gaza encarna esta mutación en su forma más extrema:
bloqueo, encierro total, destrucción cíclica, dependencia humanitaria y
vigilancia constante. Todo converge hacia una gestión de la vida y de la muerte
a gran escala. Lo que ocurre en Gaza no es una anomalía moral o histórica, sino
la actualización más radical de lógicas imperiales antiguas: gobernar a un
pueblo destruyendo las condiciones mismas de su existencia colectiva.
Sin embargo, la resistencia persiste, a menudo
invisibilizada: mantenimiento de las solidaridades sociales, autoorganización
de la ayuda, transmisión de la memoria en medio de la aniquilación, rechazo del
borrado simbólico e inscripción del relato palestino en el espacio mundial. La
resistencia no se reduce a las armas; es ontológica: seguir existiendo como
pueblo.
En un registro más silencioso, el Sahara Occidental responde a la misma gramática contemporánea de la contrainsurgencia. Muro de arena, fragmentación territorial, colonización de poblamiento, marginación económica y criminalización de la resistencia civil: la dominación opera menos mediante la guerra abierta que a través del congelamiento, la normalización y el desgaste del tiempo. Como en Gaza, el derecho internacional se instrumentaliza no para resolver el conflicto, sino para suspenderlo indefinidamente. Uno es un laboratorio ruidoso; el otro, un laboratorio silencioso —pero la lógica es la misma.
Una constante histórica: el fracaso político de la
contrainsurgencia
En la larga duración, una constatación se impone: la
contrainsurgencia puede destruir, desplazar y matar, pero fracasa
sistemáticamente en producir una legitimidad duradera. Radicaliza a las
sociedades que pretende pacificar, genera memorias de violencia irreversibles y
transforma la dominación en inestabilidad crónica.
La historia no enseña la omnipotencia de los imperios, sino su fragilidad estructural frente a pueblos que se niegan a desaparecer.
Conclusión
Desde la guerra de las Galias hasta los territorios
cercados del siglo XXI, la contrainsurgencia aparece como lo que realmente es:
no una respuesta a la violencia, sino un miedo a la política —el miedo a
pueblos que reclaman el derecho a decidir por sí mismos. Cada vez que se
impone, revela menos la fuerza del orden dominante que su incapacidad para
tolerar la existencia de otro horizonte histórico. Y cada vez que fracasa, deja
tras de sí lo que los imperios temen más: pueblos dominados militarmente, pero
políticamente irreductibles.





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