vendredi 2 janvier 2026

Final de reinado en Marruecos con el heredero Moulay Hassan a la vista, por Ignacio Cembrero

 

Mohamed VI puede tener una larga vida, pero ya se ha instaurado en el reino una sensación de fin de era. Si no surgen imprevistos, dejará a su hijo, Moulay Hassan, un país estable y un régimen autoritario con múltiples éxitos diplomáticos

Ignacio Cembrero, El Confidencial, 31-12-2025


Ilustración: EC Diseño

Marruecos vive ya una etapa de fin de reinado. No es que el rey Mohamed VI, de 62 años, esté gravemente enfermo ni que sus días estén contados tras reinar 26 largos años. El relevo dinástico ya es, sin embargo, un tema de conversación en los círculos de la burguesía de Casablanca, al tiempo que se observan leves movimientos de cargos que aspiran a colocarse aún mejor cuando haya un nuevo rey.

Aunque su retrato esté en todas partes, Mohamed VI nunca ha estado muy presente en la vida de su país. Entre sus largas estancias vacacionales en el extranjero, sus convalecencias y sus achaques, el soberano era el “rey desaparecido”, como le describió en 2023 el semanario británico The Economist.

Ni siquiera estuvo el domingo 21 en la inauguración en Rabat de la Copa de África de Naciones (CAN), el mayor evento deportivo en años en Marruecos. Empezó sus vacaciones en Abu Dhabi el 5 de noviembre, las continuó en París y en El Cairo. Aún las prolongaba el pasado fin de semana, pese a que la propaganda oficial describe la Copa como el “destello del renacimiento generalizado de Marruecos”. Delegó en su hijo, Moulay Hassan, para dar el saque inicial.

Quizás la toma de conciencia colectiva de la fragilidad de Mohamed VI tuvo lugar a finales de octubre de 2024 cuando se desplazó al aeropuerto de Rabat para acoger el presidente francés Emmanuel Macron. Apareció extremadamente delgado, se apoyaba en un bastón y caminaba torpemente. La explicación oficial del uso de la garrota no resultó entonces muy convincente.

Cuando Mohamed VI falte, habrá en Marruecos una transición sin sobresaltos. El rey tiene un heredero indiscutible, Moulay Hassan, de 22 años, su único hijo varón. De él se sabe poco porque el palacio real ni siquiera ha informado sobre el desarrollo de sus estudios en la UM6P, una universidad privada. Está, en teoría, menos formado que su padre, porque no cursó un doctorado ni hizo prácticas en un organismo internacional. Tampoco se le han encomendado muchas tareas de representación.

Sí acogió al presidente chino, Xi Jinping, en noviembre de 2024, que hizo una escala técnica en Casablanca. El rey estaba entonces también de vacaciones. Aquello fue una excepción. Al mes siguiente fue Moulay Rachid, el hermano de Mohamed VI, quien sustituyó al monarca en la reinauguración en París de la catedral de Notre Dame. Al acto asistió lo más granado de la élite mundial.

Sí han trascendido algunas inclinaciones del heredero. Está muy apegado a su madre, la princesa Lalla Salma, de 47 años, de la que Mohamed VI se separó en marzo de 2018. Vive con ella y con su hermana, Lalla Khadija, de 18 años, en el palacete de Dar Es Salam; sufrió a su lado el penoso divorcio; se marcha de vacaciones con ella a Courchevel (Alpes franceses) o a Mikonos, en el mar Egeo. Cuando acceda al trono, esta ingeniera de sistemas de información ejercerá una gran influencia sobre el nuevo rey.

Cuando llegue el momento, Mohamed VI dejará a su hijo, si no surgen acontecimientos imprevistos e indeseados, un reino bien asentado. Pese a las grandes desigualdades sociales, Marruecos es el país más estable de todo el norte de África, más que Argelia pese a su riqueza gasística y minera. Lo es porque la monarquía lo vertebra política y religiosamente.

Los devaneos de Mohamed VI; sus vacaciones que se alargaron hasta seis meses algún que otro año; su estrecha amistad con tres deportistas germano-marroquíes expertos en artes marciales mixtas (MMA, según sus iniciales en inglés), con los que convivió en palacio; sus tumbos con una copa en la mano en una noche parisina de agosto de 2022, han sido hasta “trending topic” en las redes sociales.

Han suscitado además un sinfín de comentarios jocosos o escandalizados sobre su persona, pero no han erosionado la institución monárquica. Ni siquiera el gran movimiento islamista marroquí Justicia y Caridad (Al Adl wal-Ihsan), ilegal pero a veces tolerado, aprovechó para arremeter contra el Comendador de los Creyentes, el título religioso que también ostenta el rey.

Con el tiempo, Mohamed VI se ha vuelto más cauto. Después de haber permitido durante años a los hermanos Azaitar, los luchadores de MMA, decidir quién de la familia real podía visitarle en sus aposentos y en qué momento del día, ahora les ha relegado a un segundo plano. Ya no se retratan a su lado ni exhiben sus lujosos regalos, relojes Rolex o coches Ferrari o Bentley, en las redes sociales.

Su principal acompañante es, desde el verano de 2022, Yusef Kaddur, de 41 años, un español de Melilla también experto en artes marciales. A diferencia de los Azaitar, es discreto y modesto, pero igual de ignorante. Cuando aún vivía en Melilla, escribía en Facebook con faltas de ortografía. Levanta además el ánimo del monarca, a veces algo cabizbajo. Kaddur goza del aprecio de la familia real.

El respeto, o el temor, que inspira el rey es tal que aquellos que protestan no osan ni mencionarle. Los jóvenes del movimiento GenZ212, que se echaron a la calle en septiembre para reivindicar mejor educación y sanidad, llegaron a criticar al Gobierno con su jefe, el multimillonario Aziz Akhnnouch, a la cabeza. Nunca apuntaron al monarca. Es en el palacio real donde se toman muchas de las decisiones que después ejecuta el Gobierno.

Hoy en día, las movilizaciones juveniles, el yihadismo, el islam político o la izquierda casi inexistente no constituyen en Marruecos peligro alguno para la monarquía ni para todos aquellos cortesanos, a veces llamados “majzén”, que gravitan a su alrededor. De ahí que resulte incomprensible la descomunal represión ejercida, por ejemplo, contra aquellos que respondieron a la convocatoria de GenZ212. Hubo en otoño 5.780 detenciones; unos 2.480 manifestantes han sido o serán juzgados y 1.473 están ya detrás de los barrotes, incluidos unos 300 menores.

Este y otros muchos episodios dejan claro que Marruecos no está en transición hacia una monarquía parlamentaria, como dejaba caer, por ejemplo, Omar Azziman cuando era embajador en España (2004-2010) antes de ser nombrado consejero real.

Cuando Mohamed VI subió al trono no había presos de conciencia marroquíes —sí saharauis— porque su padre, Hassan II, abrió la mano al final de su reinado. Un cuarto de siglo después, son un buen puñado los que están detrás de los barrotes, empezando por los cuatro líderes de la revuelta pacífica del Rif (2016-17) y Mohamed Ziane (82 años), el preso político de mayor edad de África. Este exministro de Derechos Humanos de Hassan II osó sugerir en un vídeo que, como el rey se ausentaba tanto, sería preferible que abdicase. Ziane posee la doble nacionalidad, marroquí y española, porque su madre era malagueña.

Los aires de libertad dejaron poco a poco de soplar en Marruecos a partir de 2003, tras los atentados yihadistas de Casablanca (33 muertos). Volvieron con motivo de la efímera “primavera árabe”, muy a principios de 2011, pero de nuevo un golpe terrorista, esta vez en Marrakech (17 muertos), puso fin a la apertura. Las autoridades dieron una última vuelta de tuerca en 2020, tras la pandemia, para acallar a las últimas voces disidentes, empezando por las mejores plumas del periodismo independiente que acabaron entre rejas. Fueron indultados en 2024, pero no pueden ejercer su profesión.

Solo se han librado de la represión las gigantescas manifestaciones pacíficas, que congregaron a cientos de miles de personas contra la invasión de Gaza y las estrechas relaciones entre Marruecos e Israel. Las convocaban el Frente Marroquí de Solidaridad con Palestina y otras asociaciones impulsadas bajo cuerda por los islamistas de Justicia y Caridad.

La indignación popular era tal que las autoridades no osaron prohibirlas, pero tampoco rebajaron su cooperación con el Estado hebreo, que se ha convertido en un socio estratégico. La tregua en Gaza ha supuesto un alivio para las autoridades marroquíes.

“Marruecos pasó de la dictadura de Hassan II a la autocracia ilustrada de Mohamed VI (...)”, resumía el diario francés Le Monde la evolución del país en la serie de seis capítulos que publicó en verano sobre su monarquía. El autócrata no está solo. Le acompaña un muy reducido grupo de colaboradores, entre los que destaca Fouad Ali el Himma, de 63 años, apodado a veces el virrey. Este antiguo compañero de pupitre de Mohamed VI en el Colegio Real de Rabat lleva con frecuencia las riendas de un país cuyo jefe de Estado desaparece a ratos.

Interviene en todos los ámbitos, pero tiene predilección por el colosal aparato de seguridad interior, en el que trabajó desde 1999 a 2007, que encabeza el primer policía del reino, Abdellatif Hammouchi, el artífice del uso del programa malicioso de espionaje Pegasus. También se dedica a la política exterior que ejecuta Nasser Bourita, el más influyente de los ministros de Exteriores de Mohamed VI.

Por primera vez en este siglo, han aflorado grietas en la maquinaria del contraespionaje y la policía secreta, dos cometidos que incumben a la Dirección General de Supervisión del Territorio (DGST), a las órdenes de Hammouchi siempre bajo la tutela de El Himma.

Desde un misterioso canal de Telegram, un grupo de hackers llamado Jabaroot, desveló en agosto datos personales de algunos de los más destacados agentes de la DGST, incluidas sus propiedades inmobliarias. Entre ellos figuraba el que es en la práctica el “número dos” de la agencia, Mohamed Raji. Apodado “Monsieur écoutes”, lleva más de 30 años al frente del espionaje telefónico y recibió encargos hasta del propio rey.

La huida al extranjero de Mehdi Hijaoui, el que fue “número dos” de la Dirección General de Estudios y Documentación (DGED), también revela el malestar en otra agencia, la que se consagra a la inteligencia exterior. Esta cuenta con muchos menos efectivos que la DGST de Hammouchi, pero maneja un mayor presupuesto. Algunos indicios parecen además indicar que hay fricciones entre los servicios secretos exterior e interior, sin que esto haya mermado la seguridad del país.

El ámbito en el que, en cambio, todo ha ido viento en popa, ha sido el de una política exterior, prácticamente monotemática. Son ya más de cien países los que apoyan el plan de autonomía de tres folios escasos —ahora va a ser desarrollado— que ofrece Marruecos desde 2007 para el Sáhara Occidental. Dos democracias de peso, EEUU y Francia, han ido incluso más allá reconociendo la soberanía marroquí sobre un territorio que la ONU sigue considerando como no autónomo y pendiente de descolonización.

El colofón de esta oleada de éxitos diplomáticos, Marruecos lo logró el 31 de octubre cuando el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó, sin ningún voto en contra, una resolución (número 2797) que establece como base de la futura negociación la propuesta de autonomía marroquí. Es un espaldarazo a las pretensiones de Rabat tanto más relevante que lo impulsó la Administración del presidente Donald Trump secundada por Francia. Una tercera potencia, Israel, conforma el triumvirato de apoyo a Marruecos.

“Esta acumulación de victorias diplomáticas es tanto más llamativa cuanto que las cosecha un país en el que el jefe de Estado ostenta constitucionalmente casi todo el poder, pero está con frecuencia ausente”, se sorprende un funcionario europeo que estuvo destinado largos años en Rabat.

Este respaldo del máximo órgano de la ONU no pone ni mucho menos fin al contencioso del Sáhara que estalló hace medio siglo cuando España entregó su colonia a Marruecos y Mauritania. Sí supondrá la reanudación de las negociaciones. Mientras Argelia no ceda a las presiones occidentales y mantenga su ayuda al Frente Polisario, al que acoge en el suroeste de su territorio, persistirá el conflicto, aunque sea de baja intensidad.

Quizás sea Rabat la que a medio plazo opte porque este choque crónico en el desierto deje de estar larvado y corra así el riesgo de incendiar la región. Entre sus objetivos, que Washington ve con buenos ojos, figura forzar la salida del Sáhara Occidental de la Minurso, el pequeño contingente de Naciones Unidas que hace tiempo dejó de cumplir sus funciones. Si esto sucediera, Marruecos tendrá la tentación de aprovecharse de su superioridad militar para adueñarse de la franja oriental de la excolonia, ese 20% del territorio (50.000 kilómetros cuadrados) que no controla y por el que se mueve el Polisario.

“Con o sin acuerdo, el visto bueno de EEUU, Marruecos decidirá, cuando llegue el momento oportuno, anexionarse esas zonas al este del muro que le pertenecen”, vaticinó a este periódico Abdelhamid Harifi, administrador del foro oficioso Fuerzas Armadas Reales-Maroc. “Y solo tardará entonces en hacerlo dos o tres semanas”, recalcó Harifi. ¿Cómo reaccionará entonces Argelia? ¿Entraría en guerra para tratar de impedirlo y salvar a su protegido?

El Sáhara no es el único terreno de enfrentamiento entre Marruecos y Argelia. La diplomacia marroquí aprovecha ahora los reveses argelinos en el Sahel para avanzar sus peones. Los ejemplos abundan, pero el más llamativo es el ofrecimiento, formulado por el propio rey, de dar acceso al mar a Níger, Burkina Faso y Malí a través del puerto en construcción de Dajla (antigua Villa Cisneros) en el Sáhara Occidental.

El proyecto, que ignora a Mauritania, es un tanto descabellado, como el del gasoducto de 6.000 kilómetros que uniría a Nigeria con Marruecos. Probablemente no prosperen, pero en abril Mohamed VI ya se hizo una foto en Rabat con los ministros de Asuntos Exteriores de esos tres países, antaño protegidos de Argel. Ahora es Marruecos el que expande su soft power en parte del Sahel. Ha mediado incluso con éxito para lograr, en diciembre de 2024, la liberación de cuatro espías franceses encarcelados en Burkina Faso.

Todos estos logros marroquíes tienen una lectura algo inquietante para España. Recién adoptada la resolución del Consejo de Seguridad, la diplomacia marroquí exponía públicamente al detalle sus reivindicaciones con relación a su vecino español a través de Atalayar, portavoz oficioso del lobby marroquí en España, y de Media24, el diario digital más afín al ministro Nasser Bourita. “Están envalentonados”, es una frase que repetía a fin de año más de un diplomático español refiriéndose al país vecino.

En su empeño por arrancar concesiones a España, sin apenas ofrecer contrapartidas, “Marruecos emplea instrumentos que no son militares en sentido estricto para afianzar objetivos estratégicos, como la reivindicación de su soberanía sobre el Sáhara Occidental”, recuerda Alejandro López Canorea, en su libro recién publicado La Guerra del Estrecho. “Todo ello configura una especie de guerra híbrida que no implica necesariamente el estallido de un conflicto abierto, sino una confrontación de fondo, sostenida en el tiempo, librada con herramientas no convencionales”, explica el autor.

La emigración irregular es el instrumento predilecto de Rabat, usado con especial descaro en mayo de 2021. Alentó entonces, según atestiguan los informes del CNI, la entrada en Ceuta de más de 10.000 marroquíes, la quinta parte menores de edad, en menos de 48 horas. Desde que el presidente Pedro Sánchez envió, en marzo de 2022, su misteriosa carta, nunca desvelada oficialmente, a Mohamed VI, las fuerzas de seguridad marroquíes se afanan, sin embargo, en frenar los flujos migratorios a Canarias y Andalucía, no así a Ceuta.

Este esfuerzo fue la única contrapartida tangible a cambio de que Sánchez se alinease con la solución autonómica que propugna Rabat para resolver el conflicto del Sáhara. Es reversible y las autoridades marroquíes probablemente den rienda libre a la emigración cuando consideren útil presionar con más fuerza al Gobierno español. Quizás el ilusionante proyecto común del Mundial 2030, que organizarán conjuntamente con España y Portugal, les incite a diferir ese momento.

Los militares españoles tienen otro motivo de intranquilidad que expresan cuando se jubilan. “Marruecos tiene ahora un aliado muy fuerte, que es Israel y su tecnología”, recordaba en una entrevista el general Miguel Ángel Ballesteros, que fue hasta hace dos años director del Departamento de Seguridad Nacional en la Moncloa. “Originalmente no va contra nosotros (...), pero no debemos olvidarnos de que Marruecos tiene reivindicaciones muy serias sobre territorio español”, recordaba. ”Me preocupa esa alianza”, concluía.

Cuando llegue su hora, el joven rey tendrá que decidir si mantiene a los colaboradores de su padre en el ámbito de la diplomacia y de la seguridad. Los primeros desempeñaron su cometido con éxito. Los segundos han vigilado y cercenado los movimientos de su madre tras el divorcio, atendiendo a órdenes reales, pero incrementando su sufrimiento. Es probable que no sigan en sus cargos.

¿En quién se apoyará entonces Moulay Hassan para gobernar? Sus amigos del colegio y la universidad carecen de experiencia para poder asesorarle con tino. El comisario Fouad Boutlaoui, actual jefe de la seguridad del heredero, está, en cambio, llamado a ascender. Guarda rencor a Hammouchi, que maniobró para encarcelar a su hermano, también policía.

Quizás la mejor parte de la herencia que el padre traslade al hijo sea su fortuna. La revista estadounidense Forbes la calculó por última vez, en 2015, en unos 4.850 millones de euros. Desde el principio de su reinado creció exponencialmente, señalaba Forbes. Es probable que durante la última década también haya aumentado, a juzgar por el creciente peso de Al Mada, el holding real, en la economía marroquí y su expansión por 24 países, la mayoría en África.

La peor parte del legado que Mohamed VI dejará a su hijo es la pobreza. El balance de 20 años de la Iniciativa Nacional para el Desarrollo Humano, que el monarca puso en marcha en 2005 para mitigarla, dista de ser satisfactorio. Aun así, se ha reducido algo, según los estudios del Alto Comisionado para el Plan. Pese a todo, el 44% de los marroquíes desean emigrar en busca de mejores oportunidades en el extranjero, según el último sondeo publicado. Cuanto más jóvenes, más alto es el porcentaje de los aspirantes a emigrar.

Detrás de infraestructuras espectaculares, como el primer tren de alta velocidad de África o Tánger-Med, el primer puerto del continente africano que ha destronado a Algeciras en el Estrecho, hay otro Marruecos menos reluciente. En su último discurso del Trono, el que pronunció en julio pasado, el propio Mohamed VI reconoció esa dualidad. “No hay cabida, ni hoy ni mañana, para un Marruecos que se mueve a dos velocidades”, subrayó.

Esa debería ser la gran tarea de Moulay Hassan: conseguir un crecimiento armonizado que acerque a su país al nivel de vida de sus vecinos del sur de Europa. La renta per cápita marroquí (4.240 euros en 2025) es ahora siete veces inferior a la española. España tiene unos 10 millones de habitantes más que Marruecos, pero su PIB multiplica por 10 al de su vecino meridional. La riqueza de todo Marruecos es equivalente a la de una comunidad autónoma española, la de Valencia.


Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire