lundi 19 janvier 2026

Majzén–Marruecos (1-0)
CAN 2025: un instrumento de soft power

Si en el campo el vencedor fue Senegal, el verdadero triunfador de la CAN 2025 ha sido el Majzén.

SOLIDMAR, 19-1-2026

 La CAN 2025, un proyecto político incluso antes del inicio

Desde su atribución y organización, el fútbol fue integrado en la estrategia de legitimación del poder majzeniano.

  • Escenificación del Estado-capaz: infraestructuras, estadios renovados, seguridad, ceremonial y cobertura mediática controlada → demostración de capacidad estatal, en coherencia con las candidaturas al Mundial 2030.
  • Personalización implícita del éxito: el éxito organizativo se asocia sistemáticamente a la “visión real”, incluso cuando se trata de un acontecimiento deportivo.
  • Neutralización de lo político: durante varias semanas, la CAN ocupó el espacio mediático en detrimento de cuestiones sociales sensibles (inflación, desempleo juvenil, protestas locales).
El discurso dominante en los medios próximos al poder giró en torno al arbitraje, la “mala suerte”, las “circunstancias excepcionales” y la dignidad en la derrota.
La frustración popular fue redirigida hacia el exterior (CAF, árbitros, “desorden africano”), evitando cualquier lectura crítica interna (gestión deportiva, decisiones institucionales, prioridades presupuestarias).
Pese a la derrota deportiva, la CAN 2025 no fue un fracaso político para el Majzén.
Al contrario, la derrota —bien gestionada— permitió poner a prueba y perfeccionar los mecanismos de control simbólico, demostrando que incluso la frustración popular puede integrarse en un relato de estabilidad y lealtad nacional.

El torneo no fue únicamente un evento deportivo, sino un instrumento de soft power interno.

Tras la derrota: un giro narrativo controlado

La pérdida de la final en casa representaba un riesgo simbólico. La respuesta del Majzén  no consistió en negar la derrota, sino en reconfigurarla políticamente.

a) Desplazamiento de la responsabilidad

b) Transformación del fracaso en prueba de madurez nacional

La derrota se integró en un relato del tipo «Marruecos se ha ganado el respeto de África y del mundo, incluso sin el trofeo».

Este relato permite desactivar la ira popular, presentar a la población como “responsable” y “unida”, y preservar una imagen de estabilidad.

Se trata de una pedagogía de la frustración, muy clásica en los regímenes autoritarios.

Instrumentalización de la selección como “cuerpo nacional unificado”

Bajo el Majzén, la selección nacional es presentada de forma constante como apolítica, consensual y encarnación de una nación “por encima de las divisiones”.

Tras la derrota, se enfatizaron los llamamientos a la unidad, mientras que las críticas más frontales (contra la Federación, la gestión o las decisiones) fueron marginadas o calificadas de “antipatrióticas”.

El objetivo es neutralizar cualquier politización autónoma del fútbol e impedir que la decepción deportiva se transforme en un cuestionamiento de la gobernanza.

El silencio organizado sobre las contradicciones sociales

Durante y después de la CAN no se fomentó ningún debate serio sobre el coste real del evento, las prioridades sociales, la mercantilización del patriotismo o la persistente exclusión social de los barrios populares urbanos y de las zonas rurales.

La derrota no abrió un debate del tipo: «¿Por qué invertir tanto en el prestigio deportivo mientras…?». Al contrario, reforzó la afirmación: «Hemos cumplido con nuestro deber nacional».

En definitiva, el deporte funciona aquí como una válvula emocional, pero en ningún caso como un detonante político.

La gestión majzeniana de las emociones colectivas

El Majzén permitió la expresión de la tristeza, el orgullo y la amargura deportiva, pero bloqueó la cólera política, las comparaciones con otras prioridades nacionales y cualquier lectura estructural del fútbol como espejo de las desigualdades.

Se trata de una gestión refinada del soft power: autorizar la emoción y prohibir la politización.

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