SOLIDMAR, 20 de enero de 2026
Un comunicado del ministerio marroquí de Asuntos
Exteriores lo anunció el lunes 19 de enero: «Su Majestad el Rey responde
favorablemente a la invitación del Presidente Donald J. Trump para convertirse
en Miembro Fundador de la Junta de Paz».
Así, Mohammed VI se une a Javier Milei y a algunos otros pocos jefes de Estado
dispuestos a pagar una entrada de mil millones de dólares para formar parte de
la cúpula trumpista.
En el orden de la ONU, el Reino de Marruecos es una
potencia subalterna integrada: aliado estratégico de Occidente, Estado
poscolonial estable, usuario astuto del multilateralismo, especialmente en la
cuestión del Sáhara Occidental que ocupa. El debilitamiento de la ONU le abre
una oportunidad: menos normas restrictivas, más negociación directa (los “deals”
al estilo Trump) con el centro de poder.
El Sáhara Occidental juega un papel central: cemento
nacional, neutralización de conflictos sociales, mito movilizador transversal.
En el orden trumpista, Marruecos adopta una revolución pasiva: sin ruptura
proclamada, adaptación silenciosa, maximización de ganancias a corto plazo.
Cálculo racional, pero arriesgado: abandonar una hegemonía débil pero duradera
por un dominio fuerte pero contingente.
¿Tras la ONU, un mundo sin arbitraje?
Como para Al Capone después de la Masacre del Día de San Valentín (14 de febrero de 1929), la destrucción del arbitraje colectivo (para
la Mafia, la Comisión de las familias, la "cúpula"; para el mundo de
hoy, la ONU) no produce un orden estable, sino un período de fragmentación,
donde la fuerza reemplaza a la regla. El Consejo de la Paz no anuncia un
nuevo orden mundial; señala el fin de uno antiguo, sin sucesor universalizable.
Para los Estados poscoloniales integrados, el peligro es claro: lo que se gana
hoy por lealtad personal puede perderse mañana, cuando el padrino desaparezca y
el arbitraje colectivo ya no exista. Cuidado con los efectos boomerang.





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